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MI SOLUCIÓN AL BULLYING

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Hace unos días mi hijo cumplió 10 años.

Recuerdo cuando tenía su edad. Era algo rara para los demás. Era una niña sensible, pero potente a la vez. Me hacía notar, por mucho o por poco, y no pasaba desapercibida.

En las vacaciones solía despertarme temprano por la madrugada y subía a la terraza de mi casa para escribir mi diario a solas, sin interrupciones (imaginate por qué necesitaba estar casi a escondidas), y quedarme escribiendo hasta el amanecer para ver la salida del sol.

Me maravillaban los colores que iba tomando el cielo, como un cuadro, como una pintura de esas que me gustaba hacer, de esas pinturas llenas de luz y color que irradian fuerza y poder.

Me empoderaban esos largos momentos escribiendo, nutriéndome de la luz rojiza del sol a esa hora. Hoy sé que recibir esa luz es fundamental para el cuerpo, pero en esa época sólo lo hacía por intuición, por esa sabiduría que traemos los niños.

Desde entonces que me gustaba enseñar, lo que sea, mejor dicho, lo que fuera que yo estuviera aprendiendo. Había empezado inglés y enseñaba a mis vecinitas inglés, porque ellas no podían ir a clases de inglés. Y me lo tomaba muy en serio. Iba a clases de dibujo y pintura y enseñaba lo que iba aprendiendo también en eso. Y así.

Si bien era un poco mandona, digamos, jaja. También había algo muy amoroso en eso que ofrecía, me apasionaba tanto dar y compartir, que se transmitía la alegría, la curiosidad, el misterio, las ganas de saber de la vida y del mundo (mi sol y ascendente sagitario).

Después estudié en la Universidad de Arte, y no por casualidad la única modalidad para estudiar Arte en Buenos Aires, en aquél entonces, era haciendo el profesorado.

Tuve la suerte de tener un profesor de pedagogía conectado con su sí mismo, que sabía perfectamente toda la sabiduría que ya traemos las personas, y especialmente los niños. Y sin nada que agregarnos, nos mostró cuánto sabíamos y cuánto teníamos para dar a los demás. 

Esto fue revelador para mí, porque desde niña ofrecía con amor y pasión lo que yo sabía, lo que yo era. Pero nunca lo había valorado ni comprendido en su magnitud, como me lo hizo ver este profesor.

Recuerdo salir de la Universidad y trabajar en escuelas con niños y adolescentes, las clases de Arte no eran sólo de plástica, hacíamos de todo!!! Teatro, baile, performance, música, cuentos… magia.

Los tímidos se iban animando, los bulleados podían mostrar que tenían muchos dones escondidos, los traviesos o “bulleadores” canalizaban su energía apasionados con la expresión corporal y descubrían que eran validados en su necesidad de movimiento y mirada. 

Todos nos sorprendíamos de encontrar lo que no sabíamos del otro, de nosotros mismos, incluso. Aprendíamos a vernos sin máscaras, sin estereotipos. Dejábamos de ser “la rebelde”, “el traga”, “la gorda”, “el anteojudo”, para sacar a relucir nuestra esencia en escena.

“Gracias por enseñarme a ser yo misma, a dejar de decirme que no puedo y confiar en mí”. Estas fueron textuales palabras de una niña de 4° grado de primaria en una carta de despedida a fin de ciclo escolar. 

Y fueron muchas a lo largo de esta etapa de docencia. Lo escribo hoy y todavía me emociona. Me emociona confirmar cómo los niños saben todo, se dan cuenta de todo.

En mis clases la excusa era enseñar Arte, mi mensaje lo daba a través de la presencia, la mirada, la música, el cuerpo, los colores, las formas… a través de sentirlos. Pero en realidad, yo sólo era un canal para que ellos conectaran su creatividad, su valor, sus dones, que redescubrieran su chispa divina, su sabiduría, su unicidad.

Y ellos se daban cuenta de inmediato. Comprendían perfectamente que eso iba de otra cosa. Porque están cerquita de su Ser esencial, todavía.

Por eso soltaban las máscaras. Y dejaban de ser una etiqueta. Porque todos se sentían valiosos. Con sus propias características, sin necesidad de simular ni de tener que ser alguien que no eran.

Y hoy observo a Lucio, que acaba de cumplir 10 años, observo su creatividad, su talento, su energía, su sabiduría. Me sorprende ver (y comprobar) que cuando algo le interesa, ya lo sabe o lo aprende en 10 minutos. 

No es fácil, eh? pero cuando logro sentirlo y permitirle ser quien es, sin juicios, sin expectativas, él instantáneamente brilla más fuerte, saca a relucir sus dones, se muestra confiado, seguro de lo que quiere. En paz con quien es y con lo que le toca.

Aunque no sea todo perfecto. Porque nunca lo es.

No digo tampoco que yo sea una madre perfecta, eso no existe, tampoco soy una buena madre. En comparación con qué soy buena o mala madre? Yo sólo aspiro a sentirlo, a mirarlo, a validarlo a poder estar presente de verdad.

jajaja No pido nada!!! Y no siempre lo logro, para nada. 

Pero por eso mi propio trabajo personal, mi recorrido en tantas terapias y mis formaciones profesionales han sido cruciales para poder lo mucho o poco que puedo hacer en favor de él.

Y me emociona festejar sus 10 años y mis 10 años de ser su mamá. Con todo el aprendizaje enorme que significó y significa esto para mí. Él es mi mayor y mejor maestro.

Celebro la bendición de tenerlo en mi vida 🤍

Cuéntame, tienes hijos? cómo te resulta la crianza? te das cuenta a veces de cómo eras vos de niña al verlos a ellos? Te leo!

 

Y si querés revisar tu historia y ser una mamá más consciente, tengo un taller para vos, para hacer a tu ritmo, donde te muestro lo que yo fui aprendiendo de mi propia maternidad y de mi trabajo con mi niña interior 

La niña que fui, la madre que hoy soy

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