En la película Estrellas en la tierra, Ishaan es un niño de 8 años con “problemas de aprendizaje”.
Ishaan es un niño muy imaginativo y sumamente creativo. Tiene la habilidad de ver el mundo en matices, olores y sabores, todo pasa por el registro de sus sentidos, decodificando cada vivencia en una magia de colores.
Obviamente toda esta capacidad y talento pasa totalmente desapercibido en el mundo escolar y para sus propios padres, donde lo importante es llegar a ser un profesional que pueda ganarse la vida y esté preparado para sobrevivir en este mundo productivo y acelerado.
No hay tiempo para las sutilezas, para la sensibilidad, para los sueños…
A todo esto, se suma la dificultad lecto/escritora que presenta Ishaan, donde “todavía” a sus 8 años no ha aprendido a leer ni a escribir, no puede reconocer las letras y tiene una caligrafía “horrorosa”.
Frente a esta dificultad, la respuesta de la escuela, sus padres (y la sociedad) es: más exigencia, más represión, más castigo y discriminación. Al punto que sus padres lo expulsan de casa enviándolo a un internado como castigo y para que se “corrija” con disciplina.
Nadie puede detenerse un instante a ver al niño, a mirarlo de verdad y tratar de entender qué le pasa, qué necesita, qué siente…
Ishaan, primero en su desesperación, finge ser irreverente, indisciplinado, refugiándose en su mundo de fantasía y arte. Pero una vez lejos de su madre, su familia y toda posibilidad de afecto, contacto y refugio, cae en una profunda tristeza y depresión.
Un niño de apenas 8 años, incomprendido, solo, humillado, castigado, sólo porque no comprende un código de símbolos y letras…
No es hasta que llega un nuevo profesor de arte, Nikumbh, con una mirada más amplia, que Ishaan encuentra una posibilidad de redención… y de revivir.
¿Cuántas veces hemos sido víctimas de incomprensión, injusticia, desprecio, humillación sin que nadie lo haya nombrado de esa manera y, por ende, no somos conscientes del esfuerzo y sacrificio que hemos tenido que hacer para finalmente adaptarnos y encajar en el sistema?
¿Cuántas veces nuestros talentos y capacidades fueron ignorados y nos quedaron en el olvido para siempre?
¿De qué nos habremos perdido en el camino? ¿Qué se nos habrá perdido en la infancia?
Cada niño nace blando, amoroso, tierno, abierto al mundo, confiado y con un amor incondicional hacia su madre (o persona maternante). Con sólo observar a consciencia un bebé o un niño pequeño podemos ver todo el amor y la devoción que siente hacia su madre. Y todo lo que es capaz de hacer con tal de merecer el amor de ella.
Dejándolo ser podríamos darnos cuenta de las diferentes capacidades, talentos innatos, intereses, creatividades que es capaces de desplegar un niño a medida que crece.
¿Qué era eso que tanto te gustaba hacer de niña y nadie acompañó? ¿Cuáles eran esas actividades en las que te destacabas, pero mamá no consideraba “importantes” y nunca más seguiste desplegando? ¿Qué te prohibieron hacer? ¿Cuáles eran tus sueños, tus fantasías de niña? ¿A qué jugabas una y otra vez? ¿Cuál era tu cuento favorito, ese que pedías que te lean siempre? Si tuviste la suerte de que te lean… Si tuviste la suerte de poder poner tu energía en jugar…
Hemos vivido en una inmensa soledad e incomprensión de lo que realmente nos sucedía, de lo que en verdad necesitábamos. No contábamos con nadie (o casi nadie) que pudiera sentirnos, ampararnos, guiarnos en nuestras diferencias y talentos.
Y hemos tenido que aprender a sobrevivir, reprimiendo quiénes somos para ser dignos de amor y mirada y reconocimiento. Adaptándonos a lo correcto, a lo “normal”, a lo esperado.
Quizá ahora estés pensando que exagero, pero ¿cuántas de nosotras podemos asegurar que estamos desplegando todo nuestro Ser y haciendo y desarrollando lo que de verdad nos apasiona y nos enciende? ¿Cuántas de nosotras se levanta cada mañana entusiasmada por la vida y por compartir con sus afectos cada instante? La verdad pocas, muy pocas, poquísimas.
Lo hacemos (esto de levantarnos cada día) porque es así, así se debe… pero no siempre se siente.
Y si no crees que esto te pasó en tu infancia, te propongo un ejercicio: Haz una lista de todas esas frases, juicios, palabras, etiquetas, con las que te han nombrado. Todo eso que escuchaste, percibiste, entendiste sobre ti misma porque fue nombrado por mamá, por papá y por personas significativas en tu niñez. ¿Cuál es esa lista? ¿Qué fue nombrado de ti? ¿Coincide con la profesión o la situación de vida que hoy tienes? Eso que fue nombrado, ¿es justamente lo que hoy sientes que te limita?
Volviendo a la película, cuando el nuevo profesor de arte llega al internado y puede ver realmente a Ishaam, empieza a entender qué pasa con el niño, identificándose en su propia niñez donde él mismo había sido un niño problema.
Nikumbh reconoce que la dificultad de Ishaam está en un trastorno del aprendizaje llamado dislexia que supone la dificultad para leer a raíz de problemas para identificar los sonidos del habla y para comprender cómo estos se relacionan con las letras y las palabras.
Más allá del diagnóstico (y es que creo que cada persona diagnosticada en realidad ha sido un niño altamente traumatizado), una vez que este profesor puede comenzar a nombrar y poner palabras a lo que Isaam siente, piensa y vive y comienza a guiarlo para comprenderse y comprender el mundo, estimulándolo y valorándolo, comienza un despliegue infinito de las capacidades y talentos de este niño.
¿Qué sería de nosotras si hubiéramos contado con un adulto que nos hubiera podido ver y sentir de verdad? ¿Y si hubieran valorado y facilitado eso que se nos daba naturalmente? ¿Y si hubieran visto como valiosas nuestras capacidades? ¿Y si hubieran comprendido que simplemente éramos niñas y necesitábamos movimiento, despliegue, exploración, validación… en definitiva, amor incondicional?
Cierra tus ojos, imagina que vuelves a nacer y te encuentras en brazos de tu madre, de una madre amorosa, sensible, incondicional, dispuesta a sentirte, acompañarte, nombrarte lo bonita que eres, lo inteligente que eres, lo talentosa que eres, lo mucho que te quiere… No importa qué inteligencia sea la tuya, no importa qué belleza tengas… Imagina una mamá enamorada de ti, que acompaña tu crecimiento brindándote lo que necesitas, dándote herramientas emocionales y materiales para tu despliegue, para tu confianza en el mundo y en ti misma, que solo tiene palabras amorosas para nombrarte a ti y al mundo… Nada malo podría sucederte hoy, al menos, nada que no pudieras superar.
Porque estarías en contacto con tu sabiduría interior, con tu poder personal. Y cuando estamos conectadas con quien de verdad somos, con ese Ser interior que brilla dentro nuestro y que sólo necesita una rendija, una grieta, para comenzar a iluminar nuestro camino, ya nada puede darnos miedo, inseguridad, angustia, vacío. Porque nos tendremos a nosotras mismas con toda nuestra luz radiante.
Así que no te preocupes ni temas de estar quebrada, porque los fracturados dejan pasar la luz. Y cuando estás en tu mayor crisis, es cuando más oportunidad tiene tu luz interior de salir a brillar.
Necesitamos entrar en contacto con lo de verdad nos pasó cuando éramos niñas para redescubrirnos. Quitar las sombras para ver la luz. Quitar los juicios para ver nuestros talentos. Todo lo que hoy nos limita viene del pasado que no recordamos.
Somos estrellas en la tierra que necesitan reencontrar su propia luz. Cada crisis, cada dificultad es una oportunidad para abrirnos a la posibilidad de descubrirnos y amarnos. No eres lo que te han contado, no eres ese personaje que aprendiste a ser, no eres eso con lo que siempre te identificaste… pero no te asustes, te tengo una buena noticia: ERES MUCHO MÁS!!!
Eres una estrella en la tierra. Que brilla con su propia luz. No lo olvides. Y aquí estoy, si me necesitas, para acompañarte a bucear en las sombras y reconocer tu Luz.
Con cariño,
Kari
